Raramente lloro. Cuando lo hago, sólo surge. No está planeado, claro, ni existe un motivo específico que me provoque llorar. Aún así, la posibilidad que suceda en estos días, el día que nos juntemos, es bastante grande. Yo diría casi innegable, pero uno no sabe cómo van a resultar las cosas en el futuro, por lo que prefiero no tomar el riesgo y luego arrepentirme.
A lo que sí me voy a arriesgar es otra cosa. Pienso en eso día y noche, y tengo miedo que de tanto pensarlo todo resulte completamente diferente. Es lo más probable. Igualmente no puedo evitarlo. Necesito pensar opciones, reacciones, situaciones en las que actuar y a la vez tratar de decir todo lo que tenga para decir. No guardarme nada. Porque si se me olvida algo, después ya no habrá otra oportunidad.
Ya se acaban los días. Cada vez estoy más cerca de enfrentarlo. Podría perderlo todo en unos minutos, en unas palabras. ¿Pero qué digo? Eso es una mentira. Yo ya lo perdí todo, ¿o no? Al menos esto significa que tampoco hay algo que perder...
Sin dudas esta decisión va a impactar en lo que venga. Ya sea para bien o mal, va a ser un gran cambio. Basta. Tanto análisis me va a confundir más. Yo ya pensé lo que voy a hacer. Ojalá no tenga que optar aquel camino, sino aquel otro. Pero yo no seré quien lo decida, desafortunadamente. Está completamente en sus manos.
Imaginarme una vida ajena a él... No, no quiero.
Hacele saber que sos mucho más de lo que cree. Aunque sea para que, si pasa lo que no esperamos, que sepa que se pierde de algo grande.
ResponderEliminarAdios.
De a ratos te hacés querer. Adiós.
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