lunes, 2 de abril de 2012

          Toqué el timbre. Hacía un poco de frío, y nosotras esperábamos a que nos abran la puerta mientras yo me abrazaba a mí misma para darme calor. Recuerdo perfectamente cómo vestía; mi jean negro gastado de tantos lavados, una musculosa de fondo azul con flores rojas, una campera negra de mi hermana y mi par de Converse azules. También me puse aros colgantes, solo para la ocasión. Después de unos minutos de espera, vino su mamá y nos abrió la puerta. "Pasen, están en el fondo" dijo, y seguimos sus indicaciones.
          Lo primero que vi fue un grupo de personas sentadas de espaldas a mí, alrededor de una mesa con varios aperitivos. Ambas avanzamos, sin estar seguras de qué decir, hacia cada uno de los presentes a saludarlos uno por uno. Cuando llegó su turno, lo saludé fríamente y le murmuré "Feliz cumpleaños" con una pequeña sonrisa. Nos ofreció un par de sillas y ahí nos sentamos. 
          Observábamos a la gente que nos rodeaba, hablando y riendo entre ellos, sin pronunciar una palabra. Algunos iban y venían hacia el baño o su habitación, para cambiar la música y demás. Poca era la interacción con el resto, aunque un rato después de instalarnos ahí, empezamos a servirnos comida y hablar entre nosotras.
          Ya después de haber comido hamburguesas, papas fritas, palitos, nachos, fuimos socializando un poco a la par que perdíamos la vergüenza, pero sin movernos de nuestros lugares asignados. En un momento sólo quedaba un par de personas sentadas a la mesa; varios estaban dentro de su habitación y otros sentados o parados en el pasto, charlando.
          No estoy segura de cómo fue que pasó. Estaba sentada comiendo unas papas, y en un abrir y cerrar de ojos estaba con él, a solas en la cocina mientras todos los demás se fueron a su pieza y cerraron la puerta detrás suyo. "Para nada planeado" pensé sarcásticamente. Nos quedamos parados en el medio del ambiente por unos largos segundos hasta que nos sentamos en el suelo, con la pared como respaldo, uno al lado del otro.
          Sabía muy bien lo que estaba por pasar. La incógnita era el cómo. ¿Cómo va a ser? ¿Así, sentados acá? ¿Debería acercarme yo o esperar que él lo haga? ¿Hará falta decirle algo, o que pase y listo? Me está mirando, me está mirando. No lo puedo mirar. Me da vergüenza mirarlo. Y si lo hago, sus ojos me ponen idiota. No. No puedo desconcentrarme ahora, usá la cabeza, mujer. Bueno, a la cuenta de tres. Es solo girar la cabeza y mirar esos grandes, palpitantes y verdes ojos. Uno... dos... tres, dale! Uh, alguien está en la ventana. Necesito privacidad absoluta, sino no puedo. Ahí se fue... pero vino alguien más.
          Mi mirada iba del piso a la ventana, de la ventana al piso. A veces lo miraba de reojo y sonreía como si estuviera diciendo "Esperame que doy una vuelta más y estoy", que resultaba en cuatro, dieciséis, veintitrés; tantas vueltas que perdía la cuenta.
          Me animé a mirarlo, por fin. Apoyé el lado izquierdo de mi cabeza sobre la pared, y él hizo lo mismo con su lado derecho. No recuerdo ni una sola palabra dicha, si es que hubo alguna. Nos quedamos mirándonos por un rato, y aquel exacto instante fue en el que pasó. Tenía aquel par de esferas observándome centímetro a centímetro, fue casi inevitable. 
          Aquel día, fue cuando me enamoré por primera vez de sus ojos. Y es el día de hoy, exactamente un año después, que ese sentimiento no ha cambiado en el más mínimo detalle. Es raro mencionarlo; enamorarse de sus ojos antes que de él en sí no es lo más usual, según creo, pero así fue.
          Comenzaba a hacer efecto en mí, su mirada. Tenía que hacer algo para distraerme un poco de ella. Guiñé un ojo. Así vería solo la mitad, aunque no fuera mucha la diferencia. Alterné el guiño, ahora con el otro ojo. Lo repetí varias veces. Él me imitaba, por alguna razón. 
          Esas fueron las actividades que hicimos durante media hora. Mirar a la ventana y asegurarme que no había nadie, o en su defecto saludar a quien sea que estuviera ahí parado, sonreír de vez en cuando y guiñarnos los ojos. Guiñarnos los ojos. Repetimos los guiños incontables veces hasta que una de aquellas veces noté algo. Nos estábamos acercando. Más bien él se acercaba, y yo empecé a desesperarme por dentro. ¿Qué hago? ¿Cómo se hacía? ¿Ya me olvidé? Hace tanto que no lo hago, es posible. Cada vez está más cerca. Ya nos tocamos las narices. No hay más tiempo para pensar. Que sea lo que tenga que ser.
          Fue un movimiento bastante brusco. No lo culpo. Apenas unos segundos antes que pasara, dejamos los guiños y nos miramos fijamente, sin pestañear. Aprovechó aquel instante y se inclinó hacia mis labios, presionándolos con cierta fuerza. Se sintió como una embestida, más bien. Al tener mi cuerpo apoyado en la pared, no tenía respaldo alguno, y directamente me empujó hacia atrás. Acostarme en el suelo sería demasiado, y empujarlo hacia adelante para acomodarme bien contra la pared no sonaba muy educado. Entonces, con el hombro izquierdo presionado contra la pared, pude sostenerme en el aire. Básicamente estuve haciendo abdominales durante todo el tiempo. Para disminuir la fuerza que hacía, intenté sostenerme de su cabeza con una mano, aunque no produjo mucha diferencia.
          Luego vino el verdadero beso. Por fin, después de meses de espera, estaba pasando. Nuestros labios hablaban sin pronunciar palabra alguna, volcando en él todo lo que callamos durante mucho tiempo. Movimientos suaves y lentos producían, demorándolo lo más posible...
          Estaba paralizada. No podía reparar en lo que acababa de pasar. Él me había besado, y yo a él. ¿Cómo me sentía al respecto? No tengo idea. Estaba sumamente sumergida en mis pensamientos confusos, nada claros, en la nada misma, cuando volví a la realidad. 
          Él seguía a mi izquierda; ambos nuevamente apoyados contra la pared. Mirábamos hacia la ventana. De repente el me acarició el pelo, y comenzó a darme pequeños besos sobre mi cabeza. En ese momento me dije "Tengo que tratar de demostrar algo de afecto", entonces incliné mi cabeza a la izquierda y la apoyé sobre su hombro derecho. Creo tuve la intención de abrazarlo, pero no recuerdo si pude lograrlo. 
          Permanecimos de esa manera por varios minutos, cuando él me susurró "Te quiero". Ya lo sabía, pero escuchar esas palabras pronunciadas por su voz generaban una infinita felicidad en mí. En un tono inaudible gesticulé un "Yo más" que nunca llegó a sus oídos. 
          
• • 
          Cuando me preguntan cuál es mi recuerdo más feliz, esto es lo que pienso. Yo solo les contesto "Mis 15" o "Mi viaje a Madryn".
          Daría cosas que nunca habría imaginado por volver a vivir aquel exacto momento. Supongo que lo extraño mucho. Extraño lo que eramos. Seguro conocen la frase "No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes". No estoy de acuerdo. En absoluto. Yo siempre supe lo que tenía, sabía lo que él era para mí. Mi problema fue la demostración. No suelo demostrar afecto, pero cuando más quiero, más imposible me es. No sé cómo hacerlo. Sólo agradezco haber podido decirle que lo amaba..., aunque no puedo decirle que todavía lo hago.