Cómo pintar
sueños, si te llevaste
todo el color?
I had to find you
Tell you I need you
Tell you I set you apart
.
.
.
But to no avail
Subíamos una colina no muy lejos de la cabaña. A un lado podían verse grandes cantidades de amapolas formando una estrecha hilera durante toda la subida. Un bonito día soleado esperaba ser aprovechado. El pasto verde reflejaba los rayos de sol, ofreciendo un toque de belleza y armonía a la ocasión.
En el camino, el deseo de tomarle la mano era sofocante, pero pude controlarlo; no creí que fuera correcto hacerlo. Llegamos a la cima y admiramos el horizonte mientras una leve brisa chocaba en nuestros rostros. Un incómodo silencio ocupó el tiempo y espacio por unos minutos. En mi cabeza los pensamientos no cesaban de circular. Nos sentamos en la hierba, para estar más cómodos.
Siempre tuve cierta dificultad para expresarme, y tal vez esta no fuera la excepción. Ojalá estuviera equivocada. No tenía idea de lo que podría pasar a continuación si perdiera el control. Decidí no hablar antes que él. Parecía tomarse su tiempo muy relajadamente, hasta que al fin rompió el hielo.
—¿Te pasa algo?—dijo con curiosidad. Sin sacar la vista del paisaje, tardé en responder.
—No. ¿Eso parece?
—Bueno, teniendo en cuenta que es la primera vez que me dirigís la palabra en toda una semana, eso sospecho. De cualquier modo, no puedo descubrir el por qué... Pensé que quizás podrías decírmelo ahora que estamos solos.
Trataba de improvisar una respuesta razonable y coherente para evitar quedar en ridículo, pero me fue imposible. Entonces no tuve más remedio que decir la verdad.
—Te puse a prueba.
—¿A prueba?
—No dejé de hablarte exactamente. Solo dejé de hablarte primero. Sabés, me jode bastante estar tan pendiente, buscarte siempre y no recibir nada a cambio. Me hace sentir una carga. Pensé que si dejaba de hablarte, y vos lo hicieras primero, lo harías porque tendrías ganas de conversar, y sería mucho menos incómodo. De paso, me interesaba averiguar cómo sería tu reacción, la cual no fue agradable justamente. No me buscaste ni una vez. Eso me hace sentir miserable—El paisaje se disolvió, y lo único que podía ver ahora eran sus ojos—y me sirvió para darme cuenta de que te importo un carajo.
En ningún momento levanté el tono de voz, ni hice mueca alguna. Solo alcancé a esbozar una sonrisa con los labios. Era mi forma de ocultar mi tristeza. No podría soportarlo mucho más.
Él estaba atónito, con la boca entreabierta debido a su asombro. No me gustaba para nada estar en esa situación, pero era la única manera de seguir adelante.
Por mi experiencia, puedo decir que si algo o alguien te daña no debés seguir perdonando o volviendo hacia aquello. Lo mejor es enfrentarlo de una vez y sacarlo del camino. Pero eso es cosa de valientes; esa opción no está dentro de mi posibilidades. Yo soy cobarde, aunque odie admitirlo, y huyo. Siempre opto por huir y alejarme antes que las cosas empeoren, a pesar que duela en lo más profundo del alma.
Me levanté del pasto y extendí mi mano hacia él para ayudarlo a levantarse. Ya estaba atardeciendo y era mejor volver. Sólo tenía un último deseo. Tomó mi mano y sacudió su ropa con la otra para dejar caer los pastos viejos adheridos a ella. A pesar que ya se había levantado, nuestras manos seguían agarradas, entrelazando los dedos y sujetándose con fuerza.
No lo pensé dos veces. Con mi mano derecha acaricié su mejilla sin quitar la mirada de sus ojos. Nunca olvidaría ese par de esmeraldas brillantes ni todas las emociones que me provocaban. Sin esperar más, observé su cara por última vez, que hacía lo mismo. Cerré los ojos con lentitud y me incliné al frente. Él colocó su mano libre en mi cadera y me imitó.
Jamás había sentido tantas cosas a la vez como con aquel beso. Definitivamente lo amaba. Pero no podía permanecer cerca suyo ya. Me lastimaba, sin que fuera su intención, pero de todos modos lo hacía.
No quería separarme de sus labios, parecía pasar una eternidad encantadora. Finalmente tomé distancia y di la vuelta hacia la cabaña. Un largo y verde camino iluminado por el crepúsculo me separaba de ella. Me puse en marcha de inmediato.
Sobre la colina se encontraba parado sin saber cómo reaccionar ante aquel hecho inusual. Sus pensamientos reflejaban confusión, angustia y desilusión, provocando una inmovilidad corporal temporal. En la distancia divisaba una figura femenina marchándose que se hacía más pequeña a medida que los minutos pasaban.
Estaba a mitad de camino, cuando de repente unos pasos ligeros comenzaron a escucharse a mis espaldas, cada vez con más intensidad y velocidad...
—¿Y?
—No sé, fue shockeante.
—¿Qué cosa?
—Todo, no sé. Una oración.
—Ah... ¿empieza con D?
—Sí.
—Ya sé cuál es— y mostré una sonrisa tímida.
Estábamos desenvolviendo los regalos de Freddie, y Angie acaba de ponerle el jersey que le envió mamá, con la F bordada en el centro del pecho. Yo creo que es muy parecido a ti, ya que no le falta ninguna oreja. Me recuerda mucho a aquella Navidad que vestía un jersey igual, solo diferente en el tamaño, claro. ¿Lo recuerdas, Gred?
Parece haber sido ayer que transfiguraste aquel oso de peluche en una araña cuando Ron rompió tu escoba de juguete, mientras yo atestiguaba la escena a carcajadas a tu lado. O cuando tratamos de hacerle jurar un Juramento Inquebrantable pero papá nos atrapó justo a tiempo. Sin embargo, no hay recuerdo más satisfactorio que el del pantano portátil, nuestra más grande hazaña en Hogwarts, después de nuestra legendaria escapada en escoba hacia un futuro exitoso. No sabría decir qué fue lo más gracioso; Umbridge y su cara de sapo con ojos saltones explotando de rabia, o Peeves emocionado por hacerle la vida imposible. Es increíble cómo, desde los quince años, estábamos decididos a tener nuestra propia tienda de artículos de broma sin importar lo que cueste. Parecía ver mil puertas abriéndose a nuestro paso, una más emocionante que otra, y no teníamos ningún temor de atravesarlas.
No puedo evitar derramar unas lágrimas a medida que un sin fin de imágenes atraviesan mis pensamientos. Desde nuestras primeras palabras, hasta nuestros triunfos ya en la edad adulta, siempre estuvimos el uno para el otro. Cualquiera sea la memoria que se cruce por mi mente, en ningún momento dejamos de apoyarnos.
Acá aparece la parte irónica. Compartíamos amistades tanto como enemistades, gustos, ambiciones, risas y hasta ¿qué crees? ¡Eramos físicamente idénticos! (Lo aclaro ya que tal vez ese detalle te pasó desapercibido). Y luego de tanto tiempo juntos, en ese exacto momento, tus último latidos, tu última risa... Siempre va a permanecer esa pequeña pero importante porción de culpa invadiendo mi alma, aunque sepa que no podía hacer nada para evitarlo. Ignoro cuánto tiempo me llevará superarlo, y no creo que eso ocurra justamente mañana. De todos modos el arrepentimiento de no haber estado ahí, en ese exacto momento cuando más lo necesitabas... nunca se va a ir. Lo voy a cargar hasta mi tumba, sin jactarme. Y la forma en la que tuve que enterarme; viendo tu cadáver tumbado en el piso del Gran Salón, junto con otros que también lucharon hasta la muerte, rodeado de cabezas pelirrojas y de ojos hinchados por las lágrimas.
Aquel 2 de mayo, acariciándote el cabello a la par que observaba la fría sonrisa que formaban tus finos e inmóviles labios, me di cuenta realmente cuán alegre fuiste en vida, y así es como debemos recordarte y como te recordamos. Tu espíritu estaba lleno de entusiasmo y buen humor, que se contagiaba como ningún otro. Tan solo con 20 años, alcanzaste e incluso superaste todo lo que te propusiste, siempre mostrando una sonrisa en el rostro o con un chiste en la punta de la lengua.
Ya sabes lo que opino de Rookwood, pero sé que no desearías que me convirtiera en un asesino. Azkaban ya está haciendo su trabajo y dándole su merecido a ese maldito.
Sabes, hay veces que imagino tu presencia aquí en la casa; tal vez cruzo rápidamente algún espejo de gran tamaño y confundo mi reflejo con tu cuerpo, o escucho mi propia voz como si fuese la tuya. En esos casos, es imposible no esbozar una tímida sonrisa con la mirada perdida, al caer en la cuenta de que era yo mismo aquel que producía ese sonido vibrante y familiar en mis oídos.
Después de tantos años sigue siendo extraño no tenerte aquí, cuando podríamos estar charlando sobre algún nuevo producto, o de cómo mejorar las orejas extensibles para que puedan funcionar inalámbricamente, si tu me entiendes.
Así, mientras juego con Fred y sus nuevos regalos, inconscientemente visualizo una silueta con mi misma forma a su otro lado, tal vez alentándolo a cometer alguna travesura o, por qué no, dándole alguna que otra pastilla vomitiva para evitar ir a lo de tía Muriel. Pero tranquilo, algún día se dará cuenta de lo maravilloso que fue su tío, hasta el último segundo de vida, y quien le dio el nombre.
Te amo, hermano.